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viernes, 9 de enero de 2026

La noche caía sobre Madrid con un frío que penetraba los huesos. Las calles estaban desiertas, y el silencio era solo interrumpido por el eco distante de pasos que no pertenecían a ningún transeúnte común. Juan Pujol García caminaba con cautela, envuelto en un abrigo demasiado grueso para su edad, pero necesario para ocultar los documentos que llevaba bajo el brazo. Cada sombra parecía moverse, cada ventana podía albergar ojos que lo vigilaban, y cada puerta cerrada era un posible escondite de traición. A lo lejos, un coche se detuvo con un chirrido de frenos y sus faros cortaron la oscuridad como cuchillas. Juan se detuvo y respiró hondo; había aprendido a confiar solo en sí mismo. Del vehículo descendió un hombre alto, con el rostro oculto por la penumbra, pero cuya presencia transmitía autoridad y peligro a partes iguales.—Garbo —dijo el hombre, la voz firme pero baja—. Tenemos información que no puedes ignorar. Te esperan en Lisboa. Y no hay margen de error. Juan asintió, sin hacer preguntas. Sabía que cada palabra podía ser una trampa; cada movimiento, un paso hacia la muerte. Mientras el coche se alejaba, el sonido de un disparo resonó a varios metros, y el viento se llevó un grito que nunca supo si era de miedo o de advertencia. Su instinto le dijo que no había tiempo para dudar. Se dirigió a la estación de tren, mezclándose entre viajeros que nada sospechaban. La operación que estaba a punto de comenzar no era solo peligrosa, era un juego mortal donde cada aliado podía ser un traidor y cada enemigo, un espejo de su propio engaño. Juan sabía que debía actuar con precisión: un error, y toda su red de contactos se vendría abajo. El tren silbó al arrancar, y mientras se alejaba de Madrid, Juan observó por la ventana las luces que desaparecían en la distancia. Su mente repasaba los nombres de aquellos que confiaban en él, y la lista de aquellos que lo perseguían. Lisboa sería solo la primera etapa; cada ciudad, cada puerto y cada oficina de inteligencia sería un tablero de ajedrez donde las piezas podían moverse en cualquier dirección, y la traición podía surgir de cualquier lado. El viento de la noche, el temblor de sus manos y el peso de la información que llevaba lo hicieron consciente de una verdad que pocos comprendían: en la guerra de espionaje, la única certeza era la duda. Cada decisión podría salvar vidas o condenarlas. Y mientras el tren avanzaba hacia lo desconocido, Juan Pujol García, alias Garbo, se preparaba para convertirse en la pieza más decisiva y más vulnerable de un juego donde la muerte era la jugadora invisible que siempre ganaba. https://www.amazon.es/dp/B0GFTKCJZ9/ref=sr_1_5?crid=1V6NMWJ7QGGKA&dib

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