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sábado, 3 de enero de 2026


 

El hombre sabía que iba a morir desde el momento en que apagó el teléfono. No corrió. No gritó. Tampoco pidió ayuda. En su oficio, esas reacciones solo prolongaban el sufrimiento. Caminó dos cuadras más, como si aún perteneciera a la ciudad, como si no llevara un secreto capaz de derribar gobiernos. La lluvia comenzaba a caer cuando cruzó la calle lateral y se detuvo frente a la persiana metálica de un local cerrado. Sacó la llave con manos firmes. Demasiado firmes para alguien que acababa de firmar su sentencia. el lugar olía a polvo viejo y electricidad. Encendió una lámpara portátil y cerró. El sonido del cerrojo fue seco. Definitivo. Abrió el maletín. Documentos, discos cifrados, nombres escritos a mano. No alias. Nombres reales. Apellidos que no aparecían en ningún periódico. Personas que hablaban en despachos oficiales y decidían quién vivía, quién caía, quién desaparecía sin dejar rastro. Marcó un número que sabía de memoria. Soy yo dijo cuando respondieron. Ya no queda tiempo. Silencio al otro lado. Te dije que no confiaras en ellos continuó. No es una fuga. Es una limpieza. El hombre cerró los ojos. Si estás escuchando esto más tarde, significa que fallé. O que no quisiste llegar. La línea se cortó. Escuchó el ruido entonces. Apenas perceptible. Un roce metálico contra el marco trasero del local. No miró hacia la puerta. Ya no era necesario. Guardó el maletín dentro de una bolsa negra, la escondió bajo el suelo falso y dejó el dispositivo de memoria sobre la mesa. Sin contraseña. Sin cifrado. Como una provocación. Que al menos arda todo murmuró. El disparo fue limpio. Profesional. No hubo advertencia. El cuerpo cayó hacia adelante, con los ojos abiertos, mirando los nombres que nunca verían la luz. Por ahora. Horas más tarde, un informe oficial hablaría de un robo fallido. De un ajuste de cuentas. De una muerte sin importancia. Mentira. Aquella muerte era la primera grieta. A varios kilómetros de allí, Daniel Kovacs despertó con la sensación exacta de haber llegado tarde. No sabía a qué. No aún. Solo tenía ese vacío en el pecho que conocía demasiado bien. El presentimiento que siempre aparecía antes del desastre. Se levantó, miró el teléfono y encontró un mensaje sin remitente. Una sola línea. Si estás leyendo esto, ya empezaron a matarnos. Daniel se quedó inmóvil. No por miedo. Por reconocimiento. Ese mensaje no lo enviaba cualquiera. Solo una persona conocía esa frase. Solo alguien que había prometido no usarla nunca. Encendió la computadora. Accedió a una red que llevaba años sin tocar. Apareció un archivo nuevo, cargado hacía menos de una hora. No debía existir. Lo abrió. La primera página tenía un encabezado simple.Daniel sintió cómo el pasado regresaba con violencia. Operaciones encubiertas. Agentes sacrificados. Decisiones tomadas en salas sin ventanas. Siempre en nombre de algo más grande. Siempre sin testigos. Siguió leyendo. Cada línea confirmaba lo impensable. No se trataba de errores. No de excesos aislados. Era una estructura. Una red. Un mecanismo diseñado para traicionar sin dejar huellas. Y en el centro, tres firmas. Tres personas a las que había obedecido. Tres figuras intocables. Daniel cerró el archivo. Comprendió entonces que no había forma de salir ileso. Que alguien ya estaba muerto y que otros lo estarían pronto. Que el sistema no perdonaba a quienes miraban demasiado de cerca. Tomó la chaqueta, la pistola, el viejo reloj que nunca se quitaba. No dejó notas. No llamó a nadie. Antes de salir, volvió a leer el mensaje. Ya empezaron a matarnos. Daniel apagó la luz. No sabía quién sería el último en caer. Pero sí sabía algo con absoluta certeza. Esta vez, la verdad no iba a quedarse enterrada. Y alguien haría todo lo posible para impedirlo.

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