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domingo, 28 de diciembre de 2025


 

Nadie oyó el primer aviso. No fue una explosión, ni una sirena, ni un grito desesperado cruzando el cielo. Fue algo mucho más inquietante: un silencio que no correspondía a ningún lugar del mundo. Un silencio que no debía existir.
En algún punto indeterminado del tiempo —no del calendario, sino del tiempo real, el que deja cicatrices— un sistema que jamás debía fallar parpadeó una sola vez. Bastó eso. Un parpadeo. Un latido fuera de ritmo. Y el universo, que parecía estable, reveló una grieta. Mientras las potencias discutían en parlamentos iluminados y los discursos se vaciaban de sentido, algo antiguo despertaba. No era nuevo, no era moderno, no era tecnológico. Era conocimiento. Y el conocimiento, cuando se esconde demasiado tiempo, se vuelve peligroso. Muy pocos sabían la verdad. Menos aún comprendían su alcance. Un científico que había visto siglos morir y nacer. Un rey obligado a callar. Un hombre de fe enfrentado a aquello que ni los textos sagrados se atrevieron a nombrar. Y una familia convertida en “paquete natural”, protegida no por muros, sino por el miedo a lo que podía ocurrir si eran encontrados. El mundo creía estar al borde de una guerra. Se equivocaba. La guerra ya había empezado, solo que no se libraba con ejércitos visibles. En el Mediterráneo, barcos aparecían y desaparecían como si el mar los negara. En los archivos más antiguos del Vaticano, documentos temblaban dentro de cajas que nadie se atrevía a abrir. Y en los cielos, algo observaba sin ser visto, midiendo cada reacción humana con una paciencia que no era de este tiempo. La historia siempre ha sido escrita por quienes sobreviven. Pero esta vez… la historia estaba decidiendo si el ser humano merecía seguir escribiéndola. Nada de lo que el lector cree saber sobre el pasado es del todo cierto. Nada de lo que espera del futuro es completamente seguro. Y cuando el último secreto salga a la luz —si es que sale— ya no importará quién tenía razón, sino quién fue capaz de guardar silencio cuando hablar habría destruido el mundo. Porque hay verdades que no deben ser dichas. Y viajes que, una vez realizados, no permiten regresar siendo el mismo.

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